Mateo 8.1-5:
1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. 2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. 4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.
Marcos 1.40-45:
40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. 42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio. 43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, 44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos. 45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes.
Lucas 5.12-16:
12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. 14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos. 15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. 16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Se necesitan pastores / Necessita-se de pastores / Pastors are needed
EL DIOS QUE YO CONOZCO
2.00. ¡LEPRA!
1.27. La Tercera Tentación de Cristo - IV
Había soportado la prueba, una prueba mayor que cualquiera que podamos ser llamados a soportar.
Los ángeles sirvieron entonces al Hijo de Dios, mientras estaba postrado como moribundo. Fue fortalecido con alimentos y consolado por un mensaje del amor de su Padre, así como por la seguridad de que todo el cielo había triunfado en su victoria.
Reanimándose, su gran corazón se hinchió de simpatía por el hombre y salió para completar la obra que había empezado, para no descansar hasta que el enemigo estuviese vencido y redimida nuestra especie caída.
Nunca podrá comprenderse el costo de nuestra redención hasta que los redimidos estén con el Redentor delante del trono de Dios. Entonces, al percibir de repente nuestros sentidos arrobados las glorias de la patria eterna, recordaremos que Jesús dejó todo esto por nosotros, que no sólo se desterró de las cortes celestiales, sino que por nosotros corrió el riesgo de fracasar y de perderse eternamente.
1.26. La Tercera Tentación de Cristo - III
"Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían" (Mateo 4:10, 11).
Satanás había puesto en duda que Jesús fuese el Hijo de Dios.
En su sumaria despedida tuvo una prueba que no podía contradecir.
La divinidad fulguró a través de la humanidad doliente.
Satanás no tuvo poder para resistir la orden. Retorciéndose de humillación e ira, se vio obligado a retirarse de la presencia del Redentor del mundo.
La victoria de Cristo fue tan completa como lo había sido el fracaso de Adán.
Así podemos nosotros resistir la tentación y obligar a Satanás a alejarse.
Jesús venció por la sumisión a Dios y la fe en él, y mediante el apóstol nos dice:
"Someteos pues a Dios; resistid al diablo, y de vosotros huirá. Allegaos a Dios, y él se allegará a vosotros" (Santiago 4:7 e 8).
No podemos salvarnos a nosotros mismos del poder del tentador; él venció a la humanidad, y cuando nosotros tratamos de resistirle con nuestra propia fuerza caemos víctimas de sus designios; pero "torre fuerte es el nombre de Jehová: a él correrá el justo, y será levantado" (Prov. 18:10).
Satanás tiembla y huye delante del alma más débil que busca refugio en ese nombre poderoso.
1.25. La Tercera Tentación de Cristo - II
Cuando el tentador ofreció a Cristo el reino y la gloria del mundo, se propuso que Cristo renunciase al verdadero reino del mundo y ejerciese el dominio sujeto a Satanás.
Tal era la clase de dominio en que se cifraban las esperanzas de los judíos. Deseaban el reino de este mundo. Si Cristo hubiese consentido en ofrecerles semejante reino, le habrían recibido gustosamente. Pero la maldición del pecado, con toda su desgracia, pesaba sobre él.
Cristo declaró al tentador: "Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás".
El que se había rebelado en el cielo ofreció a Cristo los reinos de este mundo para comprar su homenaje a los principios del mal; pero Cristo no quiso venderse; había venido para establecer un reino de justicia, y no quería abandonar sus propósitos.
Satanás se acerca a los hombres con la misma tentación, y tiene más éxito con ellos.
Les ofrece el reino de este mundo a condición de que reconozcan su supremacía.
Demanda que sacrifiquen su integridad, desprecien la conciencia, satisfagan su egoísmo.
Cristo los invita a buscar primero el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33) pero Satanás anda a su lado y les dice: "Cualquiera sea la verdad acerca de la vida eterna, para tener éxito en este mundo, debéis servirme. Tengo vuestro bienestar en mis manos. Puedo daros riquezas, placeres, honores y felicidad. Oíd mi consejo. No os dejéis arrastrar por nociones caprichosas de honradez o abnegación. Yo os prepararé el camino".
Y así multitudes son engañadas. Consienten en vivir para servirse a sí mismas, y Satanás queda satisfecho. Al par que las seduce con la esperanza del dominio mundanal, conquista el dominio del alma.
Pero él ofrece lo que no puede otorgar, lo que pronto se le quitará. En pago, las despoja de su derecho a la herencia de los hijos de Dios.
1.24. La Tercera Tentación de Cristo - I
Jesús salió victorioso de la segunda tentación, y luego Satanás se le manifestó en su verdadero carácter. Pero no se le apareció como un odioso monstruo, de pezuñas hendidas y alas de murciélago. Era un poderoso ángel, aunque caído. Se declaró jefe de la rebelión y dios de este mundo.
Colocando a Jesús sobre una alta montaña, hizo desfilar delante de él, en vista panorámica, todos los reinos del mundo en toda su gloria.
La luz del sol hería ciudades llenas de templos, palacios de mármol, campos feraces y viñedos cargados de frutos.
Los rastros del mal estaban ocultos. Los ojos de Jesús, hasta poco tiempo antes afectados por una visión de lobreguez y desolación, contemplaban ahora una escena de insuperable belleza y prosperidad.
Entonces se oyó la voz del tentador: "A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos." (Lucas 4:6, 7).
La misión de Cristo podía cumplirse únicamente por medio de padecimientos. Le esperaba una vida de tristeza, penurias y conflicto, y una muerte ignominiosa. Debía llevar los pecados del mundo entero. Debía soportar la separación del amor de su Padre.
El tentador le ofrecía la entrega del poder que había usurpado.
Cristo podía librarse del espantoso porvenir reconociendo la supremacía de Satanás. Pero hacerlo hubiera sido renunciar a la victoria del gran conflicto. Tratando de ensalzarse por encima del Hijo de Dios, era como Satanás había pecado en el cielo. Si prevaleciese ahora, significaría el triunfo de la rebelión.
Cuando Satanás declaró a Cristo: El reino y la gloria del mundo me son entregados, y a quien quiero los doy, dijo algo que era verdad solamente en parte; y lo dijo con fines de engaño.
El dominio que ejercía Satanás era el que había arrebatado a Adán, pero Adán era vicegerente del Creador. El suyo no era un dominio independiente.
La tierra es de Dios, y él ha confiado todas las cosas a su Hijo. Adán había de reinar sujeto a Cristo. Cuando Adán entregó su soberanía en las manos de Satanás, Cristo continuó siendo aún el Rey legítimo.
Por esto el Señor había dicho al rey Nabucodonosor: "el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y ... a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres" (Daniel 4:17).
Satanás puede ejercer su usurpada autoridad únicamente en la medida en que Dios lo permite.
